A las alturas de 1985, mi padre se encontraba en Huambo, Angola, cumpliendo misión internacionalista. Cada semana recibía una carta de mi madre donde le relataba todo lo acontecido de este lado del Atlántico. Gracias a este medio de comunicación mi padre supo de mi nacimiento, me conoció mediante fotos y participó, desde lejos, en los primeros meses de mi vida.
La historia de los servicios postales cuenta también el devenir de los carteros. Los primeros que ejercieron este oficio, por aquel entonces mensajeros, provienen de Egipto, donde los faraones los utilizaban para la difusión de sus decretos. Los carteros actuales, acompañados de silbatos y bicicletas en algunos casos, concluyen el largo recorrido de cada documento postal en el hogar o centro laboral del destinatario.
Después de escribir en varias hojas algún mensaje, estas se introducen dentro de un sobre, se señala el remitente en la parte inferior derecha y el destinatario, en la superior izquierda. Luego se colocan los sellos y comienza entonces el largo viaje de una carta: buzón de la oficina de Correos del remitente-buzón de la oficina de Correos del destinatario. Así parece sencillo, pero el mensaje recorre cientos de kilómetros hasta llegar a su último destino.
Dentro de la modernidad, este servicio se apoyó en ferrocarriles, telégrafos, barcos, aviones, telex, fax e incluso hoy algunas casas de correos utilizan Internet para optimizar su trabajo.
Antes, en la época greco-romana, las cartas se escribían en hojas de papiro que se enrollaban y ataban con cordones. Ahora, algunos usuarios de la correspondencia han migrado a servicios modernos como el teléfono o el correo electrónico. Aun así el correo postal no ha perdido todo su encanto.
Intimidad y romanticismo acompañaron y acompañan a miles de mensajes que recorren el planeta, seriedad y confianza ofrecieron y ofrecen todos los servicios postales: las cartas y documentos transportados son inviolables hasta que son entregadas al destinatario.
Aunque se haya mudado hacia el soporte digital, el correo analógico todavía facilita la comunicación en varios países que se encuentran en el lado menos favorecido de la brecha digital y en zonas rurales del mundo.
Por otro lado, el correo impulsó uno de los movimientos de coleccionismo más fuertes: la Filatelia. Antes de la invención de las estampillas, el destinatario era quien debía pagar el servicio y ello dificultaba la comunicación.
El arte de coleccionar sellos, sobres y documentos postales nació en 1840, cuando John Edward Gray, oficial del Museo Británico, creó el primer álbum de estampillas postales.
El correo potencia la interacción entre individuos y empresas distantes entre sí. Aunque existan otros medios de comunicación, este jamás caducará por la seguridad que brinda y la amplitud de servicios que ofrece, como el envío de bultos y documentos legales.
También mantiene su popularidad el halo de romanticismo que lo rodea por ser vehículo de amor entre amantes, padres, hijos, amigos. Por ejemplo, un diseñador del siglo XXI, con Internet y correo electrónico, decidió enviarle una carta a su amigo para disfrutar del correo postal, para permitirse el placer de esperar a que el cartero llame a su puerta.
Los carteros y las cartas tiene aún millones de kilómetros por recorrer y muchísimas puertas a las que llamar porque el correo postal, a 135 años de su invención, todavía tiene mucho que escribir en los anales de su historia.